Unos muchachos consiguieron un proyector cinematográfico de 35 milímetros e intentaron organizar una sesión de cine en Tuña. Habían comprado la máquina sin bombilla, tuvieron que traer una desde Oviedo y, cuando por fin llegó la noche del estreno, la conexión eléctrica acabó con la función antes de empezar. El episodio está recogido en las páginas de ¡Viva la parroquia!.
El episodio comienza en el invierno de 1945 y sigue las peripecias de dos jóvenes que se hacen llamar «los duendes». Prueban suerte con magia, teatro y actuaciones ambulantes, atraviesan montañas nevadas y terminan formando una compañía llamada Los Vendavales. Uno de ellos acabará comprando una cámara, una ampliadora y productos de revelado para ganarse la vida como fotógrafo. Pasarán más de treinta años antes de que vuelva a Asturias, interesado por Rafael del Riego y dispuesto a escuchar los cuentos de los viejos.
Los paralelismos con la trayectoria de Agustín Fernández Rey son tan precisos que todo apunta a un autorretrato escrito en tercera persona. Pero el autor no dice abiertamente que aquel «duende» sea él, y tampoco hemos podido identificar con seguridad al compañero de aventuras.


Un hombre que volvió de América sin perder la curiosidad
Agustín pasó buena parte de su vida en Venezuela. Allí trabajó como fotógrafo, mantuvo relaciones con la colectividad asturiana y cultivó una de sus grandes pasiones: la historia de Rafael del Riego, el militar nacido en Tuña. En 1987 regresó a la parroquia de Xinestaza, donde recuperó una casa que llevaba años cerrada. Volvió a la huerta, a las labores cotidianas y a un paisaje que nunca había dejado de importarle.
Lo hizo con costumbres y herramientas poco comunes en aquel entorno. Manejaba cámaras y grabaciones, trataba fotografías, utilizaba un ordenador y se interesaba incluso por experimentar con especies vegetales que había conocido al otro lado del Atlántico. Trabajaba a ratos, compaginando sus inquietudes con la casa y la tierra. Era autodidacta; no le preocupaba tanto escribir con perfección como lograr que aquello que había oído no se perdiera.
El resultado fue un trabajo muy personal. En su escritura aparecen palabras y formas locales anotadas tal como sonaban, giros propios del habla y grafías cambiantes. El libro necesitaría una edición crítica para explicar esas variantes, pero convendría conservarlas junto al texto original: también dicen algo sobre la voz de quien lo escribió y sobre las voces que escuchó.

¡Viva la parroquia!: una casa, varias generaciones de memoria
¡Viva la parroquia! tiene seis capítulos y llega, en el ejemplar consultado, hasta las 268 páginas. Es una mezcla poco corriente de álbum familiar, inventario cultural, recopilación etnográfica y cuaderno de sucesos. Su índice reúne desde romances y adivinanzas hasta fichas sobre maestros, escuelas, fiestas, molinos, plantas, paisajes y relaciones de parentesco.
La genealogía de casa El Carqueisu ilustra el cuidado de su método: el nombre de la casa conduce a matrimonios, apellidos, migraciones a Buenos Aires o Cuba, cambios de domicilio y hasta la explicación de un mote. Lo que parece una lista de nombres permite seguir los caminos de varias generaciones.

La misma atención se dirige al paisaje. Agustín señaló sobre fotografías las fuentes, peñas, brañas, cuevas y prados que los vecinos conocían por sus nombres tradicionales. Esa labor, hecha sin grandes medios, conserva información valiosa sobre la toponimia local. La denominación oficial actual de la parroquia y de la localidad es Xinestaza; en su libro aparecen también las formas Genestaza y otras grafías que reproducen el uso de su época.

Recogió, asimismo, lugares poco conocidos, como la Cueva el Moru, con noticias sobre sus accesos y las formaciones del interior, así como advertencias sobre el deterioro de elementos naturales. Y recuperó celebraciones que habían perdido presencia en la memoria colectiva, como la fiesta de La Patana, donde coincidían vecinos de Tineo, Cangas del Narcea y Somiedo. En sus páginas aparecen las cestas de las mujeres, el comercio de los arrieros y las caminatas hasta el lugar de la fiesta: escenas completas de una forma de vida.

El trabajo de campo y los testimonios de los vecinos
Quien trató a Agustín en Xinestaza y Tuña recuerda su carácter cercano y el cariño con que era recibido. No resultaba extraño verlo preguntando en una cocina por el nombre antiguo de una finca, el origen de un apodo o los parientes que habían marchado a América. Las puertas se le abrían y las conversaciones se alargaban. Hay un detalle que explica esa confianza: algunos vecinos llegaron a compartir con él episodios íntimos y dolorosos que apenas habían contado antes.
Agustín ejerció también como alcalde de barrio y, según los recuerdos personales transmitidos para este homenaje, acostumbraba a mediar en los desacuerdos cotidianos intentando acercar posiciones. Esa disposición a escuchar encaja con su manera de investigar. En los agradecimientos del libro cuenta que algunas casas tuvo que visitarlas varias veces. También pide disculpas por las molestias y da las gracias a quienes hicieron el esfuerzo de recordar.
El 23 de marzo de 2003 lanzó una convocatoria a sus vecinos para reconstruir la historia de la parroquia. Pedía nombres y apellidos, fotografías, documentos, datos de las familias y noticias de casas ya desaparecidas. Firmó aquel llamamiento con una sola palabra, en letras de colores: AGUSTÍN. Hay pocos documentos que lo retraten mejor.

Entre quienes contribuyeron con sus recuerdos estaban José Escaladas Arnaldo, Carmen Gancedo, Flora Garrido y Justa Rey, su propia madre. En un tiempo en que tantos trabajos locales se centraban en los nombres ilustres, Agustín daba importancia a las mujeres que sostenían las casas y transmitían la memoria familiar. Su trato respetuoso y la atención que les prestaba son parte del recuerdo que dejó.

También escuchó lo que costaba contar
El afecto que despertaba Agustín se pone a prueba en las partes menos amables del libro. Además de anécdotas y canciones, aparecen historias de violencia, pérdidas y heridas de la Guerra Civil. Según los testimonios locales facilitados para este homenaje, Pepe, el ferreiro de La Brañueta, fue una de las personas que compartieron con él episodios relacionados con lo ocurrido en Torayo y otros lugares del entorno.
En el capítulo de sucesos figuran anotaciones familiares y reproducciones de documentos sobre muertes en los años treinta, entre ellas las referencias a José Morán Barbón y José Escaladas Cueva. Agustín también incorporó recortes de prensa anteriores a la guerra, como una noticia de 1934 sobre un crimen en Solanos. Son materiales diferentes —prensa, anotaciones, memoria oral y transcripciones— que exigirían contraste histórico individual, pero que tienen un mérito indudable: conservaron nombres, fechas y relatos que merecen poder estudiarse.

De Tuña a Caracas: un prólogo que revela el alcance de su trabajo
Agustín nunca dejó de interesarse por la figura de Riego. En Caracas participó en una publicación dedicada al constitucionalista tinetense y hacia 1982 invitó al historiador Alberto Gil Novales a intervenir sobre él en el Centro Asturiano. Aquel encuentro dio lugar a una relación que perduró.
En diciembre de 2004, Gil Novales —especialista destacado en el Trienio Liberal— y la filóloga Elvira Gangutia firmaron el prólogo de ¡Viva la parroquia!. Al hacerlo valoraron el contenido antropológico del libro: las relaciones familiares, los oficios, los relatos, las fotografías y la extraordinaria cantidad de noticias sobre la vida local. No era únicamente el reconocimiento de una amistad; era también la consideración intelectual de una obra hecha fuera de las instituciones académicas.
La vinculación con Tuña dejó asimismo un rastro documental. Cuando la localidad recibió el Premio al Pueblo Ejemplar de Asturias en 2000, la Fundación destacó que su biblioteca pública albergaba una importante colección reunida por Fernández Rey sobre el general Riego. El reconocimiento aparecía en la documentación oficial del premio, junto a los trabajos de conservación y recuperación cultural promovidos por los vecinos.


La conservación y la edición de ¡Viva la parroquia!
Agustín Fernández Rey falleció en Grado. Aunque llegó a proponerse su nombre, no fue nombrado cronista oficial de Tineo.
No consta que ¡Viva la parroquia! haya tenido una edición comercial ampliamente distribuida. Recuperar el material original, comprobar qué fotografías y grabaciones se conservan, digitalizar las páginas y preparar una edición respetuosa con el texto y el habla del autor sería una tarea cultural de gran interés. También permitiría aclarar las preguntas que el libro deja abiertas, como la identidad del otro «duende» de su aventura juvenil.
