Era marzo de 1935 y los vecinos de Villabona, en la parroquia tinetense de Nieres, habían salido a arreglar el camino. Tocaba sextaferia: trabajar en común para mantener una vía que todos necesitaban. Entre quienes picaban la roca estaba Ceferino Fernández García. Cuando golpeó una peña que estorbaba en el paraje de El Campo, salieron enganchados en el picachón cuatro objetos que llevaban siglos ocultos: un gran aro y otros tres más pequeños. No eran simples herrajes. Eran joyas antiguas de oro.
El conjunto estaba formado por un torques —un collar rígido de la orfebrería castreña— y tres brazaletes, con un peso total próximo a 495 gramos. Las versiones de la época no se ponen de acuerdo en el día exacto del descubrimiento: unas hablan del 11 o el 12 de marzo; el acta de recogida sitúa el episodio el 14. Lo que ocurrió después, en cambio, puede seguirse casi paso a paso gracias a un expediente del Ayuntamiento de Tineo. Y empieza con una cuestión muy de pueblo: si el hallazgo lo hizo uno, ¿de quién era el oro cuando todos trabajaban en la misma sextaferia?
Ceferino se llevó las joyas a casa. Los demás fueron al Ayuntamiento
Ceferino guardó las piezas en su vivienda y, según los testimonios recogidos posteriormente, llegó a mostrarlas durante varios días. Sus compañeros no compartían que el descubridor pudiera quedarse con todo. Pedro López García, labrador de 23 años, y José Colado Pérez, también labrador, de 33, acudieron el 20 de marzo a las consistoriales de Tineo. Comparecieron ante el alcalde Rafael Llanes Fernández-Argüelles y el secretario Severo Valdés González. Explicaron lo sucedido y alertaron del riesgo de que aquellas joyas se perdieran.
El alcalde decidió intervenir. Aquella tarde se desplazaron a Villabona el guardia civil Emilio García Hernández y el corneta Joaquín Pizarro Rodríguez. El acta menciona además a los vecinos Maximino Fernández Pérez y Sandalio Pérez Fernández, junto al celador Benigno Fernández López, que había organizado el trabajo del camino. Ceferino entregó las cuatro piezas. Así terminó el tesoro en el Ayuntamiento, donde fue custodiado en la caja de fondos municipales, a la espera de decidir qué hacer con él.
El alcalde dudaba de que aquello mereciera un museo
El 22 de marzo el alcalde comunicó el descubrimiento al gobernador general de Asturias, Ángel Velarde García. En el oficio describía el oro y adjuntaba una fotografía, pero remataba con una reserva que hoy resulta memorable: si las piezas tenían interés para un museo, cosa que, decía, «es de suponer que nó». Casi medio kilo de orfebrería antigua había llegado a la caja del Ayuntamiento sin que sus responsables supieran todavía qué tenían entre las manos.
Los especialistas no compartieron aquel escepticismo. El hallazgo llegó a la prensa asturiana y nacional. Aurelio de Llano escribió sobre él en La Voz de Asturias, y la Comisión Provincial de Monumentos estudió las piezas, reconoció su interés arqueológico y propuso su adquisición para el patrimonio público. Los periódicos discreparon incluso sobre el número de joyas y sobre su valoración económica. El expediente municipal, por el contrario, permitió fijar un dato básico: eran cuatro objetos, no los cinco o seis mencionados en algunas noticias.
Parecía que la historia acabaría con una fotografía de museo y una compensación para quienes legalmente correspondiera. El conjunto había sobrevivido durante siglos bajo una roca. Pero no superaría indemne los acontecimientos de los dos años siguientes.
La guerra cambió el destino del oro
En julio de 1936 comenzó la Guerra Civil. La adquisición del tesoro para el Museo Provincial quedó interrumpida. En enero de 1937, bajo la administración municipal constituida en la zona controlada por los sublevados, la Comisión Gestora presidida por Elpidio Francos García acordó entregar las piezas a las autoridades militares, con el destino declarado de enriquecer el patrimonio histórico nacional. El acuerdo se adoptó el 16 de enero y fue ratificado el día 23.
Los papeles municipales añadían una cifra muy humana en medio de la maquinaria bélica: 2.000 pesetas para el descubridor por sus derechos sobre el tesoro. No hemos encontrado confirmación de que Ceferino llegara a cobrar ese dinero. El 17 de febrero el alcalde entregó las joyas en la comandancia de la 8.ª División, que dirigía el general Antonio Aranda Mata. A partir de ahí, el oro emprendió un viaje que hoy conocemos a través de oficios, reclamaciones y acuses de recibo.

Del camino de Villabona a una oficina militar de Burgos
El Ayuntamiento pidió una prueba de la entrega. Escribió a la comandancia en marzo y volvió a reclamar el recibo. A finales de aquel mes, el coronel Luis Tovar confirmó que las piezas se habían recibido. El 7 de abril lo hizo también Aranda. Poco después, el propio general remitió al Ayuntamiento otro documento que situaba el tesoro ya en Burgos.
El último rastro conocido lleva fecha de 13 de abril de 1937. La Sección de Donativos de la Comisión de Hacienda de Burgos acusó recibo de las cuatro argollas de oro enviadas desde Asturias. Firmaba el coronel Federico Montaner. La carta incluso agradecía al Ayuntamiento su aportación. Allí termina, por ahora, la cadena documental. Ni un recibo posterior de entrada en un museo ni una noticia segura sobre el paradero final de las piezas.
El arqueólogo Óscar García-Vuelta, que reconstruyó esta historia en 2019 mediante el expediente municipal y otras fuentes, considera posible que el oro acabara fundido en el contexto de la Suscripción Nacional, con la que las autoridades franquistas recaudaban bienes y recursos para financiar la guerra. Existían organismos dedicados a transformar las joyas recibidas en metal aprovechable. Pero hay que subrayarlo: no está demostrado que las piezas de Villabona fueran fundidas. Tampoco puede descartarse que siguieran otra ruta, hoy desconocida.
La fotografía que no pudieron hacer desaparecer
De aquel tesoro queda algo extraordinario: una fotografía tomada en 1935 en la que pueden verse el torques y los tres brazaletes. Su original se conserva en el Archivo del Museo Arqueológico de Asturias, caja 83735, carpeta 15. También se conserva el expediente municipal 543/1, con las declaraciones de los vecinos y las cartas que documentan su viaje hasta Burgos. Esas hojas permiten poner rostro administrativo a una pérdida que, de otro modo, sería apenas una leyenda de oro.
Queda además el misterio más antiguo: quién escondió las joyas junto al camino y por qué nadie regresó a buscarlas. No conocemos su dueño original ni las circunstancias de su ocultación. Puede que para sus antiguos poseedores fueran un tesoro; para Ceferino y sus vecinos, un hallazgo inesperado en una mañana de trabajo; para la Administración, una cuestión de propiedad y patrimonio; y para la guerra, quizá, una cantidad de metal precioso.
El camino de Villabona siguió en su sitio. Las joyas salieron de Tineo y no se ha documentado su regreso. Lo último que sabemos con certeza de ellas no es una batalla ni una leyenda, sino la firma de un coronel estampada en Burgos en abril de 1937.
