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LAS ASTURIAS DE TINEO PERIÓDICO DIGITAL
MEMORIA · HISTORIA LOCAL · 19 OCT 2026

Jovellanos llegó a Tineo empapado: así lo contó en su diario

En marzo de 1795, el futuro ministro se refugió en el Palacio de Merás tras un viaje entre frío y lluvia. Sus anotaciones dejaron un retrato de la villa, de sus vecinos y de un mercado al que regresó al año siguiente.

Palacio de Merás en Tineo
Palacio de Merás, escenario de la estancia de Jovellanos. Fotografía: Xuliu Pombar / Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).

El miércoles 25 de marzo de 1795, Gaspar Melchor de Jovellanos llegó a Tineo con 51 años, las botas empapadas y pocas ganas de seguir a caballo. Venía de Salas, entre frío, niebla y caminos difíciles. Su diario resumió el viaje en tres palabras: «fríos, mojados, aburridos».

Aquel viajero todavía no era ministro: Carlos IV lo nombraría titular de Gracia y Justicia en 1797. Pero ya era un jurista y escritor conocido, vinculado al Consejo de Órdenes Militares. Su paso por Tineo tenía una finalidad concreta, que explica su atención a las familias, los documentos y las personas con las que habló.

Una noche al fuego en el Palacio de Merás

Al caer la tarde encontró alojamiento en la casa de los Merás, el palacio de dos torres que todavía forma parte de la imagen de la villa. Lo describió como un edificio grande y antiguo, situado al final de una calle pendiente y sucia.

También se fijó en quienes lo recibieron. El señor de la casa le pareció un anciano bondadoso; de su esposa destacó el carácter despierto, el trato agradable y una belleza que, a su juicio, aún conservaba. El matrimonio tenía ocho hijos vivos. Y había un vínculo con la etapa siguiente del viaje: la señora de Merás era hermana del dueño de la casa de Cangas a la que se dirigía Jovellanos. La anotación termina sin ceremonias: llegó calado hasta las botas, se arrimó al fuego y cenó.

¿Qué investigaba aquí el futuro ministro?

El encargo procedía del Consejo de Órdenes Militares y de Antonio de Valdés y Fernández Bazán, ministro de Marina de Carlos IV. Se trataba de examinar la genealogía de su hermano Fernando de Valdés, militar al que se había concedido el hábito de la Orden de Alcántara.

La cuestión era demostrar oficialmente que Fernando reunía las condiciones de linaje, hidalguía y limpieza de sangre exigidas por la orden. Para hacerlo había que revisar documentos y recoger testimonios en los lugares donde había vivido la familia.

Jovellanos, caballero de Alcántara, viajó con su amigo frey Ignacio Andrade y Liaño. En Cangas se alojaron en casa de Ignacio Fernández Flórez y consultaron padrones y libros parroquiales. También necesitaban el testamento de Francisco de Valdés y María de Sierra, bisabuelos paternos del aspirante, vinculados a la propia villa de Cangas de Tineo; el documento estaba en Corias. La investigación continuaría después en La Rioja.

El 27 de marzo, con la partida prevista para la madrugada siguiente, apuraron el trabajo. Entre dos escribanos, Acebedo, Liaño y el propio Jovellanos consiguieron sacar adelante las diligencias. Del fraile anotó que escribía «como una monja». Más tarde, durante una colación —una comida ligera—, se discutió si debían seguir utilizándose los azotes en la enseñanza. El maestro de latinidad y el cura de Cibuyo los defendían; Liaño, según Jovellanos, estuvo «muy gracioso». No dejó escrito qué dijo. A la mañana siguiente emprendieron el regreso por Tineo.

Meses después, Jovellanos criticaría por inútiles y laboriosas aquellas pruebas de sangre.

Gaspar Melchor de Jovellanos retratado por Francisco de Goya en 1798
Jovellanos, retratado por Francisco de Goya en 1798, tres años después de su visita a Tineo. Museo del Prado. Reproducción: Wikimedia Commons (dominio público).

Una invitación a comer, un convento y dos visitas

Jovellanos regresó a Tineo el 28 de marzo, camino de Salas. Visitó la casa de un vecino al que identifica solo por el apellido, Sánchez. Este insistió en convidar a comer a los viajeros, pero no aceptaron la invitación. El diario apunta incluso que la mujer de Sánchez había salido hacia Oviedo el día anterior, aunque no explica el motivo.

Después entró en el convento de San Francisco del Monte. No le gustó demasiado su estado ni encontró especial mérito artístico en la iglesia, aunque examinó la capilla de la Orden Tercera vinculada a los Merás. Pese a su aspecto pobre, era también un centro de enseñanza: funcionaba allí un colegio de estudios de Teología. Jovellanos mencionó a dos estudiantes seglares, es decir, alumnos que no eran frailes. Su crítica más dura fue para la comunidad religiosa.

La visita no terminó ahí. Fue a ver a don Antonio Queipo, hijo del conde de Toreno y de unos treinta años, y a un hijo de la familia Miramontes: ambos se encontraban temporalmente en el convento, haciendo ejercicios espirituales con los franciscanos. Queipo había sido oficial de la Armada y, en su viaje de 1796, Jovellanos volvería a mencionarlo como gran bailador y bromista. Después de las visitas, montaron de nuevo a caballo.

Tampoco dejó de observar el campo. En la subida hacia Tineo prestó atención a las praderas, las pendientes y la abundancia de agua. Le interesaba especialmente cómo se aprovechaba el riego para mantener los pastos. Era una de sus preocupaciones habituales: conocer la agricultura sobre el terreno, no solo desde los despachos.

La empanada de salmón que no llegó a su destino

Al llegar a La Espina anotó que desde la venta se divisaba el mar. Poco después vino el disgusto. El encargado del transporte había perdido una tartera que contenía una empanada de salmón y pescado frito. Jovellanos sospechó que se la había comido, aunque no pudo comprobarlo.

La pérdida le dolió también por el valor de la comida: Jovellanos anotó que en La Espina «valía el décuplo», es decir, diez veces más. El día aún empeoró. Con un viento del nordeste cada vez más frío, sus acompañantes eligieron un camino más corto pero peor, y tuvieron que bajar parte de la cuesta a pie hasta Salas.

Un año después encontró Tineo en pleno mercado

El 5 de octubre de 1796, ya con 52 años, Jovellanos volvió a cruzar Tineo rumbo a Cangas. No regresaba por las pruebas de sangre: lo había invitado a la vendimia su íntimo amigo Rodrigo Antonio González de Cienfuegos, conde de Marcel de Peñalba. Esta vez iba a disfrutar de la cosecha, las visitas y las reuniones. Pasó por Tineo antes de continuar hacia Gera y Arganza.

La víspera había escrito, desde Salas, que «es San Francisco, que lleva muchas gentes a Tineo». Y al atravesar la villa al día siguiente anotó: «gran mercado». No se detuvo mucho. Más adelante, en Arganza, encontró la venta cerrada: no había vino para los viajeros ni forraje para las caballerías.

Ya en Cangas asistió a la vendimia de La Cerca, una viña del conde de Toreno. Se fijó en las uvas y señaló que «la mejor es el verdejo». Su opinión sobre el vino fue menos favorable: en un escrito de 1800 calificó los de Cangas de «pocos y flojos».

En el viaje de vuelta, el 21 de octubre, dejó además un itinerario reconocible para cualquier tinetense: Gera, San Martín de Semproniana, Santiago, Quintaniella, Fuejo y Norón, donde se detuvieron a comer, antes de continuar hacia Tineo y La Espina.

Dos años después sería ministro. Antes, en Tineo, había cenado al fuego de los Merás, rechazado una invitación a comer, visitado a los frailes y pasado por un mercado concurrido. También había perdido una empanada de salmón por el camino. Al posible responsable de aquella desaparición le dejó en el diario una despedida poco ministerial: «¡mal provecho le haga!».

Documentación consultada

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